Los enmascarados

Una vez fuí preso en Jalostotitlan, un pueblo al norte de Jalisco, México. Un viaje de turismo a donde mi amigo René Saldaña, terminó siendo una historia cómica de esas llenas de mucha cultura, mujeres con mucho miedo, mafiosos y policías corruptos. El hecho es que después de haber preguntado por un plan turístico, la chica que atendía la agencia de viajes llamó a la policía diciendo que yo la quería robar. Mi hablado y mi mochila arhuaca de fique eran suficientes evidencias como para sentirse amenazado.

Fuí arrestado por 10 policías fuertemente armados, quienes me llevaron a la cárcel municipal. Ahí fuí interrogado, maltratado, torturado con máquinas que producen descargas eléctricas. Recibí varios golpes en la cara y en los pies, querían saber porqué le tomaba fotos a las casas, a la comida, a las placas de los carros, a las calles. También querían saber para quién trabajaba y si mi jefe era alguno de los mafiosos que aparecían en las novelones colombianas que estaban de moda y que vendían la idea de que todo colombiano era en si mismo un mafioso, un traqueto, un narcotraficante. Esa noche dormí en el calabozo con los malandrines del pueblo y con fama de ser un espía del narcotráfico transnacional que lideraba Colombia, antes que el Chapo Guzman tomara el contro. Al otro día me rescató mi amigo, quien me comentó que esa zona del Estado estaba en disputa entre la mafia de la capital controlado por personas del alto gobierno y la mafia regional controlado por los locales. Que antes me había salvado de una ejecución por parte de la policía que le trabajaba a la mafia local.

Ese empeliculado episodio de mi vida de mochilero me llevó a querer cada día más a México y a latinoamérica en general. Llenos de novelas y narrativas melodramáticas, de personas intentando salir del olvido y buscando a los capos como la figura de un papá que hace lo que sea para cuidar a su pueblo ignorante. La que salió gritando a acusarme fué una mujer que se veía amenazada por un pinche turista como yo. Y quienes me apresaron, los que armaron todo el dispositivo de «justicia» a punta de golpes y armas, fueron hombres, militares que se sabían de memoria esas series televisivas de las mafias colombianas.

En mi serie de enmascarados, presento cuerpos musculosos en apariencia, se muestran fuertes y dominantes, confiados, dispuestos a alcanzar el logro de sus objetivos. Ellos instalan una narrativa de masculinidad que oculta y niega todo el tranasfondo de debilidad , fragilidad, vulnerabilidad, contradicción, en una especie de heroismo benévolo, pero que en un momento dado puede mostrar el autoritarismo y la brutalidad. El misterio que ocultan detrás de sus máscaras hablan más de su escencia queer y de su fragilidad, que de su robustez.

El resultado de este trabajo son muchos likes en las redes sociales, que terminan siendo buscados por el público homosexual, que idolatra cuerpos trabajados en el gimnasio, y que entran a un mercado de oferta y demanda de miradas, sin importar el contenido de las narrativas que presentan. En este caso, imágenes que institucionalizan una política de la mirada hegemónica, y que avala toda una narrativa a donde se hospedan las historias de los grandes héroes de la industria cultural, y que son ridiculizados por el Chapulín Colorado.

Publicado por pitchfotos

Comunicador y Maestro en Estudios Culturales. Gestor de la cultura vallecaucana y de los procesos contemporáneos decoloniales. Ambientalista, indigenista y activista LGBT. Fotógrafo y semiólogo de la imagen.

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