El postporno: otras voces desde el terrorismo de género

Por Ricardo Caicedo Cardona*[1]

Esta es una época convulsionada que está recogiendo lo que se ha sembrado en los últimos 50 años. La revolución de los cuerpos lacerados por las guerras de mediados del siglo XX, y la emergencia de los cuerpos que fueron considerados periféricos por los cuerpos hegémonicos, ha dado para que las artes se repiensen desde lugares políticos cada vez mas “orgánicos”. Algunas de estas expresiones como el postporno han hecho evidente las relaciones interseccionales planteadas por feminismos, instalados en esos cruces raza-género-economía-religión. Voces emergentes de corporalidades interesadas en llegar a los lugares prohibidos, para producir un efecto de cuestionamiento e incomodidad.

Este es el ámbito donde el postporno emerge, con el interés de generar una reflexión política desde y por las corporalidades y sexualidades no hegemónicas. El postporno surge después de una época donde el sexo se consolida como una de las industrias más prosperas y prometedoras del capitalismo de la postguerra, en lo que Beatriz Preciado ha llamado la industria farmacopornográfica. Industria que ve nacer toda una variedad de productos y de formas de relación, que de alguna manera permitieron reinventar las sexualidades hegemónicas. Bajo este fenómeno se reconoce el gran esfuerzo que Estados Unidos invierte en la investigación científica sobre el sexo y la sexualidad más que ningún otro país a lo largo de la historia. Es una próspera época que ve nacer:

  • La manipulación y comercialización de hormonas como la progesterona y estrógeno.
  • El desarrolo de intervenciones estéticas y funcionales de los cuerpos como las intervenciones de cirugías plásticas.
  • La producción de elementos transuránicos, como el plutonio.
  • El surgimiento de discusiones feminstas donde se desarrollan conceptos como el de género.
  • El desarrollo del Plástico y de sustancias químicas que alteraron nuestras formas de vida cotidiana, la alimentación, la moda, la estética en general.
  • El desarrollo de una industria farmaco que vió nacer el viagra, los aticonceptivos, muchos antibióticos entre otros.
  • El desarrollo de la industria del sexo recreativo a través de juguetes, soportados por la anticoncepción, con insumos como el condón.
  • Las preguntas y desarrollos sobre las sustancias psicoactivas, como el LSD, y las plántas psicotrópicas que usaban los pueblos originarios de América.
  • El surgimiento del cine porno y su desarrollo a manos de las mafias norteamericanas, instrumentalizando el cuerpo de la mujer.

Es una época que amaestró los cuerpos para genitalizar la sexualidad, en función de un placer que favorece los sistemas de producción industrial. Época en que los procesos de producción del erotismo estuvieron al servicio de las estructuras de poder, pues se volvieron pertinentes para la lógica del sistema. En este sentido, se construyó un imaginario androcentrado, donde el cuerpo femenino se instaló en la producción en masa de orgasmos, como si fuera un objeto sin cerebro. Se robusteció el estereotipo de la mujer como vehículo de placer, desde la imagen y desde tránsitos de cuerpos que se moldean al antojo del interés masculino.

Después de las formas centralizadas de producción de contenidos industrilizados del porno, emerge la posiblidad de crear ambientes que reinventan la industria y potencia la producción de contenidos sexuales desde la vida cotidiana de las personas del común. En palabras de B. Preciado es en la vida cotidiana donde se instala una sexualidad masturbatoria, que desarrolla el placer como potencial adormecedor en los procesos de gobierno de los cuerpos. El sexo se transforma en objeto de gestión política de la vida, como ya había intuido Foucault en su descripción «biopolítica» de los nuevos sistemas de control social, en una gestión se llevará a cabo a través de las nuevas dinámicas del tecnocapitalismo avanzado.

De ahí que la lógica de la Web. 3.0 cobra nuevos escenarios para que aparezca un cuerpo “autopornográfico”, que se consolida como una nueva fuerza de la economía mundial. El resultado del reciente acceso de poblaciones relativamente pauperizadas del planeta (tras la caída del muro de Berlín, los primeros en acceder a este mercado fueron los trabajadores sexuales del antiguo bloque soviético; después, los de China, África y la India) a los medios técnicos de producción de ciberpornografía, provocan por primera vez una ruptura del monopolio que hasta ahora detentaban las grandes multinacionales del porno. 

El postporno considera el cuerpo como un territorio en construcción, a donde se encarnan las violencias simbólicas y físicas, traducidas en efectos de placer y dolor, inclusión y exclusión, de las violencias propias de las tensiones de poder. Desde el Postporno se reconoce el cuerpo como significante primario, donde se teje una densificación simbólica para la emergencia y la confrontación. Podría decirse que con el postporno se instrumentaliza el cuerpo, no desde la alienación propia de la producción capitalista, ni de la producción de terror físico en entornos bélicos, sino para que emerja la acción estética performática como objeto crítico del placer.

De las experiencias postporno se destaca el interés por construir una “mirada queer”, que apela a los procesos de deconstrucción de los estereotipos heterosexistas, que surgen después de las miradas postcoloniales del arte contemporáneo. Se carga de una intensionalidad estética que busca hacer un señalamiento contra el esencialismo del género, y contra las verdades absolutas que borran las sexualidades y los géneros “periféricos”. Verdades absulutas que están sustentadas desde el ejercicio del poder, que por lo general responden a los modelos mentales instalados en el sistema sexo-género y en un patrón de heterosexualidad obligatoria, donde el hombre macho, heterosexual, blanco, católico, y europeo, impone el orden de la lectura colonial. Orden que termina siendo injusto y excluyente de las otras realidades.

La realidad de violencia instalada en la vida cotidiana, que se traduce en violaciones de derechos humanos con nefastos resultados en cifras de muertes y maltratos físicos, tienen la complicidad de gobiernos que ofrecen pocas garantías para enfrentarlos. En lógica culturales como las del carnaval, se evidencian los cuerpos que explotan en una forma de protesta pública que, de forma oficial, se permite la inversión de los órdenes. Es el momento donde se desdibujan los límites entre los derechos individuales y la libertad de expresión frente a la opresión. Pero finalmente esta fiesta permitida antes de la cuaresma, terminan por fortalecer el sistema hegemónico.

El postporno apela a aquello que el lenguaje no puede nombrar con palabras puntuales, generando una especie de shock desde el sentido o los contrasendos que genera. En Colombia la imagen del cristo mutilado de Bojayá puede ser un referente de aquello que evoca un momento de la historia nacional donde el lenguaje no alcanza a elaborar ni a expresar la barbarie. La irreparabilidad del cristo, que es un grito de denuncia, cuenta el horror de una guerra para escribir una historia que ha visto perder la humanidad.  El cristo mutilado está para ser acompañado por las voces de las cantadoras, que afectan los cuerpos de quienes escuchan, y reescriben simbólicamente lo que no se puede decir.

De esta forma intenta resolver, desde la acción performática, un agujero que el lenguaje no puede resolver, enfrenta un abismo, y asume lo innombrable como su reto principal. De ahí que emerja la presentación y la representación de la puta, el maricón, el travesti, el dañado, el pervertido, el bambaro, el puto, el ámbito del mundo de la periferia que fueron negados históricamente. Efectos estéticos que se libran de los binarios condicionados por una cultura hegemónica.

Podría decirse que el performance del postporno reacciona desde unas hegemonías, donde no hay un interés por el consumo, la acumulación y la búsqueda de la abundancia y el placer. Permite emerger la sexualidad de los “otros”. La de la mujer, la de los discpacitados, de los ancianos, desde otras prácticas que a a la luz de los poderes hegemónicos podrían ser señados como enfermizos o patológicos.

Abordar el postporno como experiencia estética, implica asumir el reto de salir de las lógicas racionales y reconocer el potencial expresivo de las categorías del cuerpo, como el asco, el deseo, el miedo. Entonces, el postporno tiene un reto indisciplinado de hacer confluir la comunicación, la estética, lo poético, la ética, lo político y la afectividad como parte constitutiva de la construcción social. El postporno entiende el potencial político de pensar la comunicación y la interacción social como una posilibidad de construcción de las diversas formas de percibir la realidad.

En los 70 se dieron los orígenes del postporno, cuando la actriz porno Annie Sprinkle, dice que lo genital es un mínimo de las posibilidades del cuerpo. De ahí que esta propuesta invita a salirse del porno normativo y permitir a la persona salirse de los cuerpos sexualizados y pensar desde el cuerpo. Y como experiencia artística performática, se interesa por el juego, por el cuestionar, por el señalar, por indicar. De esta manera intenta desencadenar procesos que desorienten o desencajen ciertas estructuras que permean y recubren lo sexual hegemónico.

Ya no interesa tanto la emergencia de las sexualidades no hegemónicas, ahora hay intereses que involucran nuevos conflictos, desde estéticas formas contundentes e inspiradoras. De ahí que el interés del postporno y el pornoterrorismo sea el generar pánico. Expresiones como las de la artista colombiana Nadia Granados o ìconos dentro de comunidades diversas en brasil, que se ven interlocutadas por la película la Bicha amariconada y travesti de la favela, dirigida por Claudia Priscilla, son buenos ejemplos de los rumbos creativos del postporno. Son terroristas del género, son performer, que no se definen ni como “actriz”, sino como “atroz”.

La misión de estas artistas será señalar todos los sistemas opresores, las lógicas irracionales de ejercicio del poder político, los grandes procesos de exclusión, los problemas ambientales, en general la crisis civilizatoria. En medio de este terror que producen los cuerpos y las acciones que no se pueden nombrar, debe emerger un nuevo tipo de relato corporal, que abra las posibilidades en medio de tanta enfermedad social.

Cali, 21 de marzo de 2019


[1] Comunicador Social de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestro en Estudios Culturales de la misma universidad. Gestor cultural desde el Centro de Expresión Cultural de la Vicerrectoría del Medio Universitario de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali. Docente de Humanidades en el tema de los Estudios Visuales, con un activismo político de Género y diversidades Sexuales desde la fotografía.  Ha formado parte de varios procesos de comunicación comunitaria en Cali.  

Publicado por pitchfotos

Comunicador y Maestro en Estudios Culturales. Gestor de la cultura vallecaucana y de los procesos contemporáneos decoloniales. Ambientalista, indigenista y activista LGBT. Fotógrafo y semiólogo de la imagen.

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